Para ella, vivir era jugar constantemente al ajedrez
Se pasaba calculando la siguiente movida
Especulaba la estrategia del oponente de turno
Así era ella en todo
Y, así, cada día, ella calculaba:
-los litros de agua a ingerir
-el tiempo bajo la ducha
-las calorías del desayuno
-las horas pico del tránsito
-la capacidad de pasajeros del bus
-los metros que caminaba
-cuántas páginas de cuántos libros leería
-cuántos minutos con segundos abarcaba aquella música
Y, además,
le sacaba el porcentaje a casi todos sus compañeros de facultad
-tanto por ciento se aplaza o aprueba tal materia
-tanto por ciento se embarazan o se casan
-tanto por ciento asisten regularmente a la biblioteca
-tanto por ciento toma mate o tereré en los pasillos
-tanto por ciento tiene una conversación interesante
-tanto por ciento sólo habla de autos, fútbol, mujeres
Hasta qué, una vez,
de repente,
le pasó algo muy extraño
Conoció a alguien que le sacudió el corazón
(órgano que ella normalmente usaba
para bombear tantos litros de sangre por día
y dar tantas pulsaciones por minuto)
Y, allí, ella se descontroló
y ya no pudo medir sus emociones
ni especular la estrategia de su oponente
ni estimar su simpatía
ni medir la profundidad de sus hoyuelos
ni la curvatura de su sonrisa
ni el grosor de sus cabellos
ni calcular los amperes de la intensidad de su mirada
ni cuánto ella se derretía cuando él le hablaba
ni determinar los elementos químicos que reaccionaban cuando él se acercaba
ni medir la carga eléctrica que le infligía cuando la acariciaba
Y, ella, ya no podía discernir,
ni razonar qué pasaba.
-“Esto no tiene una explicación científica,
esto no se ajusta a la lógica”.
Trató de buscar la razón en:
-“Tal vez, las hormonas o las neuronas,
algunas de ellas se desequilibraron químicamente
en su composición normal.
Sí, seguramente, es eso”, pensó.
Pero y sentir ¿qué sintió?
Sentir era una palabra que no figuraba en su vocabulario.
Solamente, nosotros que la conocemos desde antes
podemos decir qué le pasa.
Ahora, ella está más tonta,
Comprobando lo que Jardiel Poncela decía:
“El amor vuelve inteligente a los idiotas
e idiotas a los inteligentes”
-“¿¡QUÉ!?”
-“¡Sí, es eso, tonta, te enamoraste!”
Lunes 20 de Septiembre de 1999
viajando en un bus en alguna carretera entre Baires y Asunción.